miércoles, 12 de octubre de 2016

CAMINO DE LA ASUNCION

El Chico de Ayer, indignado, saltó del sillón como un resorte y apagó la tele. Hastiado por las noticias sobre corrupción con las que los informativos le bombardeaban cada día, optó por refugiarse en su campamento base particular: su pueblo y los evocadores recuerdos de su infancia.

Pasaban los años y ésas seguían siendo las coordenadas sobre las que gravitaba su existencia, haciéndole recobrar la lucidez y el sosiego en momentos de apuro. Con la misma fe con que un marino se agarra a su carta naútica en plena tormenta, el Priego del Agua constituía, sin lugar a dudas, su peculiar bálsamo para curar las heridas del día a día. Taciturno, pensó que cualquier tiempo pasado fue mejor y que esta sociedad, enferma de valores, ya no tiene remedio. De modo que se animó a salir a dar una vuelta por la Joya del Barroco cordobés, junto a su mujer y su hija.

Hombre tradicional, austero y de profundas convicciones, enseguida cayó en la cuenta de la conveniencia de ir a misa en esa nublada mañana de domingo. Pero su intuición le hizo cambiar de preferencias en lo que a parroquia se refiere.

-"Esta vez no iremos a la Trinidad", le indicó a su señora, en un tono que denotaba cierta gravedad en sus palabras. "Prefiero ir a la iglesia donde me he criao", puntualizó con aire de cierta nostalgia. Una vez terminó de ponerse el mejor de sus trajes, se miró en el espejo y se dijo a sí mismo:

- "En este mayo prieguense los habrá más ricos y más guapos, pero no más honestos ni más nobles que un servidor". No le faltaba razón a nuestro simpar personaje, que empezaba a animarse ahora, para dejar atrás el amargo regusto que la casta política le había dejado en el paladar. Tan pronto como su señora y la chiquilla terminaron de arreglarse, salieron todos a buen trote para la Parroquia de la Asunción, pues ya se escuchaban las primeras campanadas.

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