sábado, 11 de marzo de 2017

EL SANADOR DE LA CALLE RÍO

Si algo caracterizaba al Chico de Ayer, además de su amor a Priego, era su predilección por las técnicas tradicionales, a las que gustaba de incorporar su propio estilo metódico.

-"Ellas encierran la verdad de las cosas", añadía solícito a sus amigos, cuando se juntaba con ellos en animada tertulia los domingos al mediodía, tras finalizar la misa del Carmen.

Al tomar la calle Río y con los primeros pasos, giró el cuello de manera inconsciente, quedando orientado hacia las majestuosas casas señoriales. Fijando la vista en una ellas, comprobó de manera hipnótica, que su mente evocaba recuerdos de un lejano pasado.  Como si de un sueño se tratara, de repente se vio a sí mismo en edad infantil, aquejado por enfermedad, cogido de la mano por su madre con trote apresurado, dirigiéndose ambos hasta ese mismo portal que daba acceso a la consulta.

Recordaba la solemne estampa del médico que, ataviado con una ajustada bata blanca, y sentado sobre una delgada silla, escribía recetas con la ayuda de una vieja máquina de escribir, a modo de acta de defunción de la enfermedad. En efecto, el vigor con que los dedos de aquel profesional de la medicina presionaban las teclas de su Olivetti, daban lugar a un especial y sonoro tintineo en los oídos, además de una inmediata sensación de tranquilidad por la garantía de la sanación.

- "Nada de eso sería hoy perceptible a través de un moderno dispositivo Tablet o Ipad. Las nuevas tecnologías no hacen sino dilapidar los buenos recuerdos", cavilaba el Chico de ayer, sentado sobre el sofá de su modesto salón de casa.

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