sábado, 1 de abril de 2017

UN EXTRAÑO EN EL INTERIOR DE LA ASUNCIÓN

Profundamente consternado por lo que acababa de escuchar, el Chico de Ayer guardó su cámara de fotos en el estuche que tenía colgado al cuello, y se dirigió a la puerta trasera de la Asunción.

Avanzó una corta serie de pasos y enseguida se dio de bruces con la realidad. Lo que tenía frente a sí mismo superaba todo lo visto anteriormente. Una gigantesca campana de hierro fundido de mil quinientos kilos yacía semienterrada sobre el preciosísimo suelo del templo, originando un duro contraste con la armoniosa belleza del Sagrario. No en vano había descendido treinta metros en caída libre, provocando una incrustación de cuarenta centímetros en la solería.

Las finas molduras y yeserías que trufan los techos y paredes de la obra cumbre del barroco español, tenían ahora inesperados compañeros de viaje. Hasta allí habían llegado esquirlas y trozos de losa de color rojizo, invadiendo la habitual monocromía blanca en torno al Santísimo.

Boquiabierto, trató de racionalizar el impacto visual de lo que tenía ante sí. Miró al techo y obsevó el enorme boquete. Giró la cabeza y comprobó, en silencio, que no había nadie en el interior del templo.

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