sábado, 18 de noviembre de 2017

UNA "MADRUGÁ" PRIEGUENSE

 El Chico de Ayer no era la alegría de la huerta dentro de su grupo, pero se había hecho imprescindible en el mismo. Quizá por su discreción y magnífico criterio en determinadas situaciones los amigos tiraban de él en noches tan señaladas como la de Jueves Santo aunque sabían, a ciencia cierta, que no se sentía cómodo en determinados lugares a la hora en que todos los gatos se ven pardos. De hecho, huía de ambientes cargados de humo, música “chimpúm-chimpúm” y faltos de espacio, por lo que para él resultaba de una “lógica apabullante”. A menudo reflexionaba interiormente acerca de cómo en estas fechas, de marcado carácter religioso, uno podía vivir la Semana de Pasión desde el frívolo prisma de la diversión y los excesos.                     

 Aquella noche, eso sí, nuestro protagonista se animó a salir de marcha con ellos, y hasta se colocó una chaqueta y corbata que en cierta forma le hacían sentir disfrazado. En el interior de uno de los bares de la calle Río, logró confraternizar con los colegas y hasta se arrancó a participar en el coro de baile que en forma de círculo habían dispuesto. En un momento dado miró el reloj y se despidió de ellos sin ofrecer demasiadas explicaciones.

 -“Chicos, me tengo que ir”, fueron las parcas palabras que les dedicó. Con las manos en los bolsillos alcanzó la puerta del pub. Eran las cuatro y media de la madrugada y aunque su juventud le aportaba un plus de energía extra, lo cierto es que en aquellos momentos la voz apenas le salía del cuerpo por la densa capa de humo y lo elevado del volumen de la música. Y la fatiga, oiga, iba haciendo mella. Realizando un esfuerzo extra consiguió abandonar el local, que en ese momento difícilmente cumplía las normas de seguridad por el numerosísimo público congregado.

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