sábado, 2 de diciembre de 2017

PASIÓN AL COMPÁS DEL NAZARENO

 Realizando un desayuno ligero y con el ojo puesto en la televisión, no parpadeó siguiendo la retransmisión que la cadena local hacía de los prolegómenos en el templo de San Francisco, con comentarios de Eloy de Valverde, en especial despliegue.

 Apresuradamente se colocó una camisa y un vaquero y por supuesto, se atavió con una bolsa con palillos y el clásico hornazo de gallina. Finalmente se colgó la Reflex al cuello.

-“Salgo para San Francisco, madre…”, fueron las cinco palabras que se le escucharon decir. Aparcó su cotidiana mesura y, como un rayo, se dirigió hacia el Compás, situándose justamente en la esquina más libre de las dos en contacto con la Iglesia.

 Desde ese lugar obtenía la panorámica precisa: el desnivel del suelo permitía ver la salida limpiamente y apuntar con ojos de cazador antes de apretar el botón de su máquina. Hasta el día acompañaba, y la mañana primaveral y soleadísima facilitaba el deleite para los sentidos. La cuadrada plaza estaba a rebosar de gente y la aparición de San Juanico y la Virgen terminó resultando de lo más brillante. Pero el momento culminante llegaría instantes después. Cuando el toque de cornetas y tambores de la banda anunciaba la salida del Señor. Como cada año, como ese año una vez más.


 En ese momento fijó la vista en la majestuosidad de la figura Jesús que, llevado a hombros por su pueblo, era rodeado por miles de personas como si de un manto humano se tratara. Y en la mirada infinita, indescriptible, que sólo El Rey de Priego posee. Desbordado por la realidad del momento, sintió que miles de almas se conectaban en comunión. El dedo índice de su diestra, que permanecía fijo sobre el botón de la cámara, no pudo ejercer presión. “Es el milagro”, pensó. “Es el milagro… de que seguimos vivos”.

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