sábado, 20 de enero de 2018

UN MÁGICO RITUAL DE COLOR LILA

 El estruendo del “escuadrón” de tambores y cornetas hacía estremecer, una vez más, los cristales y las paredes de casa. Allí, de pie sobre sus respectivas sillas, permanecían inmóviles sus hijas durante un pequeño período de tiempo. El justo y necesario para que la madre consiguiera enfundarles la nazarena túnica, completando así una especie de ritual que se repetía cada Viernes Santo.

-“Alzaros un pelín la túnica, no os la vayáis a pisar solas y os caigáis. Mirar que hoy viene mucha gente de fuera y es el día más grande de Priego”, avisaba la mujer.

-“No te preocupes mamá, vamos a tener cuidado”, añadían las hijas, tratando de que la mujer recuperara la serenidad.

 El efecto mágico había sido transmitido con éxito: las dos pequeñas ardían en deseos de salir, junto al Chico de Ayer, camino del Compás de San Francisco para fusionarse con la procesión. El día, extraordinariamente despejado y luminoso, acompañaba. No había duda que a esas horas “Jesús estaba ya en la calle”.

 La Carrera de Álvarez era un hervidero de gente a ese momento. Una tonalidad lila en forma de marea torrencial agitaba la calle, más extraña ahora si cabe por la ausencia de coches estacionados. La multitud dificultaba enormemente el acceso, calle arriba. Un año más, la Cruz de Guía asomaba por la Iglesia de la Aurora. Al final, sin saber muy bien cómo, el Chico de Ayer cámara al cuello, conseguía colocar a sus hijas junto al grupo de niños, no muy lejos del queridísimo Rafalillo, verdadero referente para todos los prieguenses que a menudo pululaban por la capilla de Jesús. Misión cumplida, la operación había finalizado con éxito. Una vez situadas adecuadamente las mozuelas, los primeros pasos en la procesión hacían brotar en sus rostros cierta expresión de relajación, y a medida que avanzaban, mayores dosis de felicidad.

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